Octubre nos invita a hablar de salud mental, pero pocas veces miramos hacia la educación, donde realmente se siembran sus cimientos. La evidencia científica es clara: la salud mental no se construye en la adultez, sino en los primeros años, cuando niños y niñas aprenden, a través del vínculo y la experiencia, a conocer y regular su mundo emocional. (UNICEF, 2023; Harvard University,2023).
Desde esta mirada, la educación socioemocional debería entenderse como una estrategia preventiva y promotora de bienestar, no un añadido al currículo, sino como su corazón.
Según la Guía para Promover el Desarrollo Socioemocional de Niños y Niñas (Espinosa y Valenzuela, 2025), más del 60% de los hogares chilenos aplica algún tipo de disciplina violenta y casi un tercio de las cuidadoras presenta síntomas depresivos. Estas cifras reflejan una realidad que afecta directamente la salud mental infantil: una infancia que crece en contextos emocionalmente inseguros. Como advierten las autoras, “la salud mental infantil es fundamental para el bienestar individual y el progreso social; invertir en su promoción y protección es una inversión en el futuro”. Frente a este panorama, la educación tiene una oportunidad y una responsabilidad: convertirse en un espacio preventivo, protector y reparador.
Como plantea Daniel Siegel (2018), cada interacción con un adulto sensible puede reorganizar el cerebro del niño hacia el equilibrio emocional. En ese sentido, los y las educadoras son verdaderos agentes de salud mental. Cuando escuchan, contienen o ponen palabras al sentir de un niño o niña, no solo enseñan empatía: están construyendo conexiones neuronales que sostendrán su bienestar futuro (Santrock, 2020; Romera y Ortega-Ruiz, 2018).
La formación inicial docente tiene aquí un papel decisivo. No basta con enseñar teorías del desarrollo; necesitamos formar educadores emocionalmente conscientes, capaces de mentalizar y autorregularse. Como propone el modelo A.M.A.R. (Atención, Mentalización, Auto mentalización y Regulación) (Lecannelier,2022; Espinosa y Valenzuela, 2025), la primera herramienta del acompañamiento emocional es el propio equilibrio interno del adulto. Un educador que conoce y gestiona sus emociones puede ofrecer seguridad afectiva, modelar estrategias de regulación y sostener la complejidad emocional de las infancias. Así, la formación inicial no solo debe centrarse en el saber pedagógico, sino también en el saber ser y estar emocionalmente presente.
Hablar de salud mental, sin duda, es también hablar de bienestar docente. La UNESCO (2023) y la OMS (2024) coinciden en que el bienestar de los educadores es un componente estructural de la calidad educativa y una estrategia de salud pública. Nadie puede educar la calma desde el agotamiento, ni enseñar empatía desde la sobrecarga, es así como cuidar a las y los educadores es cuidar también a niños y niñas.
La educación socioemocional no es, ni debería ser, una tendencia pasajera; debemos entenderla como la base del desarrollo integral y de la salud mental de toda la sociedad. Si queremos comunidades más empáticas, resilientes y felices, debemos comenzar por formar docentes capaces de educar con el corazón y la mente en equilibrio.
La educación socioemocional no es una moda pedagógica: es la raíz del bienestar humano y una estrategia de salud mental preventiva. En cada aula se juega, en silencio, la gran tarea de la prevención en salud mental.